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POLÍTICA E HISTORIA

Simón Alberto Lázara: El legado inquebrantable de un luchador militante y político argentino

Desde las trincheras del socialismo hasta la fundación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la vida de Simón Alberto Lázara fue un testimonio de compromiso ético, valentía cívica y una defensa incansable de la democracia en los años más oscuros de la Argentina.

Por Marcos Correas
Simón Alberto Lázara montando a caballo en el campo argentino, figura heroica a color.

Simón Alberto Lázara: La fuerza de un militante incansable que, con la misma templanza de quien cabalga hacia el horizonte, lideró las luchas por los derechos civiles y políticos en el país.

La historia política argentina está forjada por figuras que, más allá de los cargos públicos que hayan podido ocupar a lo largo de sus trayectorias, se erigieron como verdaderos faros morales en tiempos de extrema oscuridad institucional. Entre esos nombres ineludibles resalta el de Simón Alberto Lázara, un hombre cuya prolífica biografía es prácticamente un mapa viviente de las luchas populares, la defensa inclaudicable de los derechos humanos y la consolidación del socialismo democrático en nuestro país. Abogado de profesión pero militante por pura vocación, Lázara encarnó a la perfección la figura del político íntegro, aquel dirigente inquebrantable que jamás negoció sus convicciones ideológicas, ni siquiera cuando el precio de sostenerlas implicaba arriesgar la propia vida frente a las amenazas del terrorismo de Estado.

Nacido en el fragor de una Argentina que comenzaba a experimentar profundas transformaciones sociales, Lázara abrazó desde su más temprana juventud las ideas del socialismo. Su aguda inteligencia analítica, sumada a una portentosa capacidad oratoria que cautivaba a sus interlocutores, lo posicionaron rápidamente como un referente intelectual y de acción dentro de las juventudes políticas. No concebía la teoría política separada de la praxis cotidiana: su lugar estaba en las calles, en las ruidosas asambleas universitarias, codo a codo junto a los trabajadores de las fábricas y los estudiantes reformistas. Fue precisamente este impulso transformador el que lo llevó a convertirse en una figura clave en la constante reorganización del Partido Socialista, aportando una visión moderna, pluralista y firmemente anclada en la defensa irrestricta de las libertades democráticas y la imperiosa necesidad de alcanzar la justicia social. Desde allí, construyó un liderazgo natural, desprovisto de grandilocuencias vacías, basado puramente en la honestidad de sus actos y en una austeridad republicana que mantuvo hasta el final de sus días.

La valentía frente al terror

Sin embargo, el verdadero temple de Simón Alberto Lázara se puso a prueba durante la década de 1970, el período más siniestro y violento de la historia argentina reciente. En 1975, cuando las sombras del autoritarismo ya comenzaban a asfixiar de manera sistemática a las instituciones del país y la violencia paraestatal operaba con total impunidad en las calles, Lázara dio un paso al frente que definiría su inmenso legado para siempre: fue uno de los cofundadores originales de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Junto a figuras de diversos sectores políticos, religiosos y sociales, la APDH se constituyó en un refugio invaluable. En un momento histórico donde el pánico silenciaba a la enorme mayoría de la dirigencia, Lázara y sus estoicos compañeros se dedicaron incansablemente a documentar denuncias de secuestros, presentar incontables hábeas corpus y brindar un vital respaldo de asistencia jurídica y psicológica a los angustiados familiares de los primeros detenidos-desaparecidos. Esta labor, a menudo silenciosa pero monumentalmente peligrosa, sentó las bases probatorias y morales para los históricos juicios que llegarían casi una década más tarde, con la añorada recuperación de la institucionalidad democrática.

"La verdadera militancia no es aquella que busca el bronce de las estatuas, sino la que se hace cargo del dolor crudo de su pueblo cuando el silencio ominoso parece ser la única y aterradora opción de supervivencia."

El rol parlamentario y el regreso de la democracia

Con el ansiado retorno a las urnas y la vuelta de la democracia en diciembre de 1983, la figura pública de Simón Alberto Lázara adquirió una nueva dimensión de relevancia nacional. Lejos de retirarse a descansar cómodamente sobre los merecidos laureles de su valiente accionar en el pasado reciente, entendió rápidamente que la compleja construcción institucional que enfrentaba la República requería de la misma tenacidad y lucidez. Se desempeñó honrosamente como Diputado Nacional, encargándose de llevar al sagrado recinto las postergadas voces de aquellos sectores que históricamente habían sido marginados y olvidados por el sistema formal. En la Cámara Baja, su rotunda presencia nunca pasaba desapercibida.

Quienes tuvieron el enorme privilegio de compartir bancada con él, e incluso sus más acérrimos y feroces rivales políticos, coincidían en algo indudable: debatir frente a Lázara era someterse a un ejercicio de altísimo vuelo intelectual. Sus intervenciones, siempre vehementes pero respetuosas, estaban completamente desprovistas de chicanas vacías o golpes bajos; muy por el contrario, invariablemente buscaban elevar el piso de la discusión pública hacia los principios rectores constitucionales, la indispensable equidad económica nacional y, fundamentalmente, la solemne garantía estructural de que el Estado argentino jamás volviera a utilizarse como una maquinaria de supresión y terror.

Una visión integral y moderna de los Derechos

Para la profunda concepción humanista de Lázara, los derechos humanos jamás se limitaban exclusivamente a la vida y la libertad física. Ya en su labor en el Congreso, impulsó de forma pionera numerosos proyectos de ley que buscaban ampliar de manera sustantiva los llamados derechos económicos, sociales y culturales, entendiendo con total claridad que no existe una verdadera ni plena democracia sin equidad distributiva ni igualdad de oportunidades reales para las mayorías populares.

El político de raza que jamás claudicó

El compromiso indeclinable de Lázara con el Partido Socialista Auténtico (PSA), del cual fue una figura consular e histórica insoslayable, demostró su firme e inquebrantable creencia en que los partidos políticos organizados son la herramienta institucional indispensable para encauzar de forma racional las demandas sociales. A diferencia de los fugaces liderazgos híper personalistas que a menudo dominaron caprichosamente la escena de la política nacional, él siempre apostó de manera decidida por la construcción colectiva, por el rico debate orgánico interno y por la coherencia ideológica, incluso en las dolorosas ocasiones donde eso significaba quedar posicionado en una franca minoría electoral. Su objetivo prioritario no radicaba jamás en la consecución del poder por el poder mismo, sino en la transformación real, profunda y palpable de las injustas estructuras de la sociedad argentina.

Hoy, al repasar con necesaria perspectiva histórica su extensa y rica trayectoria vital, la enorme figura de Simón Alberto Lázara emerge como un faro de ética ciudadana y un recordatorio cívico profundamente necesario. En tiempos turbulentos donde el quehacer de la política a menudo se ve lamentablemente reducido a un estéril espectáculo mediático de efímera y vacua duración, su ejemplar vida nos enseña de forma contundente que el verdadero y cabal político es únicamente aquel que se atreve a comprometerse con convicción en causas que lo trascienden por completo. Su brillante legado perdura indeleble en cada organización defensora de derechos humanos, en cada asamblea partidaria que se anima a debatir de forma madura ideas transformadoras en lugar de meras disputas de personas, y fundamentalmente, en la memoria viva de un país que, gracias al coraje inclaudicable de hombres excepcionales como él, logró reconstruir su maltrecho tejido democrático sobre las oscuras ruinas del terrorismo de Estado.

Su muy lamentado fallecimiento en el umbral del milenio, en el año 2000, dejó sin lugar a dudas un vacío inmenso, difícil de llenar, en el seno del progresismo y la centroizquierda argentina. No obstante, la vigorosa impronta de su noble carácter, esa fascinante y única mezcla indomable de intelecto brillante, ética incorruptible y una desbordante pasión militante, sigue y seguirá cabalgando de forma majestuosa y firme en la historia grande de la política de nuestra Nación, iluminando y marcando el norte ético indispensable para las nuevas generaciones de jóvenes que anhelan y buscan forjar una Argentina verdaderamente justa, solidaria y libre.