Hace más de 80 años, dos inmigrantes españoles tuvieron una idea simple: construir un lugar donde los viajeros que iban a la costa pudieran detenerse, descansar y comer algo rico. Esa idea tan concreta se convirtió, con el tiempo, en uno de los íconos más queridos de la cultura argentina.
El origen: un sueño español en la ruta argentina
En 1942, Ángel y Odilio García —dos españoles que vieron la oportunidad donde otros no miraban— construyeron un parador en la ruta que unía Buenos Aires con Mar del Plata. Era el momento justo: el turismo a las playas atlánticas estaba despegando y la autovía se convertía en el camino de los veranos argentinos. El parador se transformó rápidamente en una parada obligada.
Pocos años después, García y Odilio vendieron el emprendimiento a la primera generación argentina, conformada por varias familias, entre las que estaban los Castoldi, Amado, Genaro, Rey y Camio. Fue esta primera generación la que le fue dando una impronta más local, reemplazando los platos típicamente españoles por propuestas argentinas como la parrilla.
Tres generaciones, una empresa
La estructura actual de Atalaya es el resultado de tres generaciones que supieron pasarse el testigo sin perder la esencia. La segunda generación, encabezada por Jorge Felices, quien hoy ocupa la presidencia, fue la que construyó las bases operativas y le dio al negocio una escala mayor. La tercera generación asumió en 2016 con dos perfiles complementarios: Juan Ignacio Castoldi, de 30 años, como vicepresidente, y Cristian de Cicco, de 27, como director.
El despegue: tres hitos que cambiaron la historia
La historia de Atalaya puede leerse como una serie de catalizadores externos e internos que se alinearon con la capacidad de la empresa para aprovecharlos. El primero fue en la década del '70, cuando la receta de la medialuna 100% manteca se convirtió en una leyenda del camino a la costa. El segundo fue en los '90, con la construcción de la Autovía 2: más seguridad, más carriles, más viajeros, más paradas. El tercero fue en 2018, cuando la tercera generación dio el salto y abrió la primera franquicia, transformando una panadería grande en una empresa con vocación de escala.
Pero entre el segundo y el tercer hito hubo un proceso arduo que la dirección recuerda con honestidad. La gestión comenzó en 2016 con una empresa que tenía marca pero no estructura. Entre 2016 y 2019 fue necesario profesionalizar cada área, incorporar perfiles especializados y ordenar las finanzas. La pandemia de 2020 fue el examen final: Atalaya sostuvo a todos sus empleados, lo que fortaleció el vínculo interno y la cultura de la empresa de manera decisiva.
Los productos: la receta es intocable
El corazón del negocio es la medialuna: 100% manteca, hojaldrada, esponjosa y con una pizca de sal. La receta data de los años '70 y desde entonces no se ha modificado. Esa constancia es una decisión estratégica deliberada: la tentación de bajar costos usando grasa o margarina existe, pero la dirección la descarta terminantemente. "La receta es intocable y con ello los insumos utilizados", afirma Castoldi. Esa disciplina es parte central del contrato de confianza con los clientes.
La transformación: romper paradigmas sin romper la marca
La tercera generación encaró cambios que en una empresa con 80 años de historia generan resistencia. El primero fue eliminar el servicio de mozos y reemplazarlo por el modelo de despacho, más rápido y eficiente, similar al de las estaciones de servicio que compiten con ellos en la ruta. "Nuestra competencia en la ruta son las estaciones de servicio, que tienen un despacho veloz y eficiente. Teníamos que adaptarnos", explica Castoldi. La discusión fue larga, pero el resultado fue un servicio más ágil y una operación más rentable.
El segundo cambio fue la automatización de la producción, con la importación de maquinaria alemana de última generación. Y el tercero, el lanzamiento del modelo de franquicias, que en 2018 comenzó a multiplicar la presencia de la marca mucho más allá de Chascomús. Hoy hay 16 puntos de venta, con planes concretos de seguir creciendo: tecnología en los locales, e-commerce propio, una línea de café Atalaya y una nueva fábrica de 900 m² en construcción.
La expansión que viene
Con los cimientos ordenados, Atalaya mira hacia adelante con un plan de inversiones de más de US$ 2 millones para el ejercicio 2024-2025. Los objetivos son claros: consolidar la posición en la provincia de Buenos Aires, salir hacia Santa Fe y Córdoba, y luego extenderse por todo el país. En el mediano plazo, el exterior también está en el mapa: Uruguay, Chile, España y Estados Unidos figuran como destinos posibles para una marca que ya tiene la escala y la historia para dar ese paso.