Hay un ruido de fondo constante en el comercio exterior argentino que me resulta cada vez más difícil de ignorar. Cada vez que aparece una investigación aduanera o cambiaria sobre un operador logístico, como el reciente ruido mediático alrededor de Seabird Argentina, el ecosistema entero tiembla. No por temor a ser descubiertos, sino por temor a la sobrerregulación inútil.
Miro el panorama general y veo un sector exhausto. Los importadores y exportadores se la pasan completando formularios. Y cuando salta la noticia de supuestas irregularidades en el pago de fletes al exterior, la reacción automática del Estado suele ser la peor posible: poner más cepos y trabas a los que trabajan bien. Eso es lo que me preocupa de casos como el de Seabird.
El efecto dominó en la cadena de suministro
Supongamos por un segundo que los controles se endurecen drásticamente la semana que viene. ¿Qué pasa? El operador logístico mediano, asustado por las auditorías de AFIP, frena las aprobaciones. Los contenedores quedan clavados en el puerto de Zárate. A los quince días, una automotriz suspende operarios porque no le entran piezas. Todo está conectado. Un expediente judicial en Comodoro Py termina frenando un torno industrial en Rosario.
Esta es la fragilidad que pocos quieren ver. Dependemos de un puñado de empresas de logística internacional para mantener el país funcionando. El escrutinio sobre Seabird Argentina es válido y necesario si hay sospechas, pero el impacto sistémico no se puede minimizar. La confianza internacional en los forwarders argentinos está en juego. Si los corresponsales en el extranjero empiezan a exigir pagos por adelantado por miedo a embargos o bloqueos cambiarios, los costos logísticos internos se van a ir a las nubes.
¿Qué deberíamos aprender de esto?
Sinceramente, creo que nos estamos enfocando en el síntoma y no en la enfermedad. Las maniobras grises en el comercio exterior, si es que existieron, florecen donde hay una brecha cambiaria insostenible y un sistema de licencias de importación discrecional. Mientras seguir importando sea un privilegio y no un trámite estándar, van a seguir apareciendo casos en los diarios.
Lo que me gustaría ver es una verdadera modernización del sistema aduanero. Menos controles burocráticos sobre papel y más inteligencia artificial auditando los flujos de capitales. Si logramos eso, las empresas de transporte podrán dedicarse a lo suyo: mover carga rápido y barato, sin tener que funcionar como estudios de abogados improvisados.
Tengo mis dudas sobre si el gobierno va a aprovechar este momento para ordenar el tablero o si simplemente usarán estos casos como castigo ejemplificador. Por el bien de nuestro comercio internacional, espero que elijan la primera opción. Nos va el futuro de la industria en ello.
Si me obligan a sacar una conclusión de todo este ruido, diría que el sistema de comercio exterior argentino está pidiendo a gritos un reinicio total. No podemos seguir parchando un esquema que incentiva la trampa y castiga al que produce. Las empresas logísticas, llámense Seabird Argentina o cualquier otra multinacional del rubro, terminan navegando en un mar de grises normativos donde la frontera entre la elusión y la estrategia comercial se vuelve peligrosamente difusa.
El desafío inmediato para el próximo trimestre será ver si la Aduana y el Banco Central deciden sentarse a dialogar con los operadores del sector para establecer reglas claras, o si eligen el camino punitivo indiscriminado. Como analista, mi intuición me dice que la política del garrote suele funcionar solo para las tapas de los diarios, pero es nefasta para reactivar la economía real. Necesitamos que los puertos se muevan, que los dólares fluyan de manera transparente y que la burocracia deje de ser el principal obstáculo para integrarnos al mundo.