Hace bastante tiempo que sigo los números fríos del comercio exterior, y hay un detalle en el que pocos nos detenemos: cómo viajan físicamente las cosas. Detrás de los miles de millones de dólares que exportamos e importamos hay una red enorme y compleja de empresas logísticas. Seabird Argentina es una de ellas. Y su historia sirve para entender bastante bien cómo se mueve la plata, literalmente, en contenedores.
No voy a aburrirlos con jerga técnica innecesaria. Un "freight forwarder" como Seabird funciona básicamente como el arquitecto detrás de que una carga llegue de Buenos Aires a Shanghái, o viceversa. No son dueños de los barcos inmensos ni de los aviones cargueros. Son los que articulan todo el rompecabezas aduanero, las reservas de espacio y los seguros. Con más de 20 años operando en el país, han logrado consolidarse en un nicho que no perdona los errores de cálculo.
La logística en un país de distancias enormes
Lo que me llama la atención de este modelo de negocios es el nivel de dependencia que tiene nuestra economía de estas gestiones. Si a una automotriz cordobesa le falta un microcomponente de Alemania, toda la línea de ensamblaje se para. Y ahí es donde entra la presión sobre operadores logísticos como Seabird Argentina. Tienen que garantizar tiempos en un país donde las reglas de juego aduaneras cambian cada seis meses. Literalmente.
Me senté a leer algunos de sus balances e historial operativo reciente. Tienen una porción interesante del mercado de transporte marítimo y aéreo, incluyendo la gestión de cargas de proyecto, que son esas piezas industriales monstruosas que requieren operativos casi militares para moverse por rutas argentinas.
Pero el mercado de hoy no es el mismo que hace una década. Hoy, la digitalización de la cadena de suministro te obliga a ser hiper-eficiente o quedar afuera. Las empresas importadoras ya no toleran que su carga se demore tres días en el puerto de Buenos Aires esperando un sello de papel. Todo tiene que fluir rápido.
¿Qué nos dice esto sobre nuestra economía?
Me parece interesante pensar en la logística no solo como un negocio, sino como un termómetro del país. Cuando empresas como Seabird Argentina tienen sus depósitos llenos y sus líneas de carga operando a tope, es que la industria respira. Cuando el flujo se corta, es que algo en el Ministerio de Economía se rompió.
Es un sector súper competitivo y, honestamente, bastante opaco para el que lo mira desde afuera. Hay decenas de competidores peleando por los mismos contenedores. Mantenerse dos décadas en pie habla de una capacidad de adaptación envidiable, sobre todo si pensamos en las crisis económicas crónicas que atravesamos.
Al final del día, los exportadores e importadores necesitan certidumbre. En un país donde la moneda, las tasas y los gobiernos son inestables, el tipo que te garantiza que tu mercadería llega a tiempo se convierte en tu mejor amigo. Y ese es, en el fondo, el servicio real que venden estas compañías.
Para entender mejor este ecosistema, charlé fuera de grabador con un gerente de una naviera extranjera que opera en Sudamérica. Me confesó algo que me dejó pensando: "En Argentina, el verdadero valor agregado de una empresa de logística no es conseguirte espacio en un buque, eso lo hace cualquiera. El verdadero valor es saber navegar el laberinto de la burocracia estatal sin encallar". Y creo que tiene razón. Seabird Argentina y sus competidores no venden transporte, venden previsibilidad en un entorno caótico.
A futuro, el desafío para el sector de freight forwarding en el país va a ser doble. Por un lado, la presión global por la descarbonización del transporte marítimo y aéreo, que va a exigir inversiones astronómicas. Por otro, la constante amenaza de que una nueva resolución del Banco Central cambie las reglas del juego de la noche a la mañana. Operar en este nivel requiere un temple de acero que muy pocos ejecutivos en el mundo desarrollado lograrían entender.