Rubén Peucelle, "El Ancho": el ídolo de los niños que venció a todos sin quitarse la careta
El hombre que peleaba con la cara descubierta mientras todos usaban máscara. El que los chicos esperaban horas para pedirle un autógrafo. El que llegó a ser campeón argentino de levantamiento de pesas antes de convertirse en la figura más querida de Titanes en el Ring. La historia de Rubén Ovidio Piuselli, "El Ancho Peucelle".
Ficha del personaje
"¿Hoy? Hoy sería El Patovica. Yo fui el primer patovica de la Argentina. Tres o cuatro amigos y yo. Y te estoy hablando de los años '52, '53."
— Rubén Peucelle, en entrevista final desde OlivosRubén Peucelle, "El Ancho" — el héroe sin máscara de Titanes en el Ring y el ídolo más querido por los niños argentinos de varias generaciones.
Había algo que diferenciaba a Rubén Peucelle de todos los demás luchadores del ring más famoso de la televisión argentina: su cara. Mientras Karadagián, el Fantasma del Lago, el Caballero Rojo o la Momia se ocultaban detrás de máscaras, capuchas y antifaces, el Ancho subía al cuadrilátero con el rostro al descubierto, con el nombre de pila puesto, sin disfraz ni misterio. Era simplemente Rubén, de Arribeños, el del tórax descomunal, el que se entrenaba de verdad, el que levantaba pesas de competencia antes de que hubiera gimnasios en cada esquina. Y esa transparencia —esa honestidad de cara limpia en un universo de caretas— fue exactamente lo que lo convirtió en el más amado de todos.
Los niños no lo amaban a pesar de que era real. Lo amaban por eso.
El camino hasta el ring: estibador, carnicero y campeón de pesas
Rubén Ovidio Piuselli nació el 2 de septiembre de 1933 en Arribeños, un pequeño pueblo del oeste bonaerense. Abandonó la escuela al terminar la primaria y comenzó a trabajar a los doce años al lado de su padre, distribuidor de carne: cargaba medias reses en los mercados porteños. Esa temprana relación con el peso físico, con el esfuerzo bruto y con el trabajo manual moldeó su carácter tanto como su cuerpo. Antes de cumplir dieciséis años se fue de su casa. Trabajó como estibador en el Puerto de Buenos Aires. Luego pasó por otros oficios.
Pero lo que de verdad lo sedujo fue el levantamiento de pesas. En 1952, representando al club Comunicaciones, se consagró campeón argentino de pesas con un récord de envión de 145 kilogramos y de arranque de 112 kilogramos. Era el primer "patovica" de Argentina, según sus propias palabras: él y tres amigos hacían gimnasia en la playa de Olivos y la gente paraba a mirarlos, fascinada por esos cuerpos que entonces nadie tenía. "Estábamos imponiendo una moda, nos sentíamos pioneros, fundadores", recordó en una entrevista. Tenía razón.
El debut y la llegada a Titanes en el Ring
La lucha libre llegó a la vida de Peucelle al principio de los años sesenta, cuando un empresario y luchador profesional mexicano llamado Wolf Ruvinskis lo convocó para un espectáculo de catch que se llamó "Lucha Libre Profesional", transmitido por Canal 13 a partir de 1962. Ese programa era la competencia directa de Titanes en el Ring, el ciclo que en Canal 9 conducía Martín Karadagián. La rivalidad entre ambos formatos duró poco: Karadagián reconoció el talento y el carisma del Ancho y lo sumó a su troupe.
El 12 de mayo de 1963, Rubén Peucelle debutó oficialmente en Titanes en el Ring con una victoria sobre Benito Durante. Su última aparición en el programa fue el 25 de diciembre de 1983, cuando le ganó a Gengis Khan. Veinte años. Dos décadas de televisión ininterrumpida, de familias enteras pegadas al televisor, de niños que esperaban cada semana para ver al Ancho triunfar sobre los malvados del cuadrilátero.
El ídolo de los niños: la cara limpia en el ring de las caretas
A lo largo de la década del setenta, Titanes en el Ring llegó a picos de 30 puntos de rating. Era el programa más visto de la televisión argentina. Y dentro de ese universo, Peucelle ocupaba el lugar más especial: era el héroe. No un héroe con capa ni con poderes sobrenaturales, sino un héroe con nombre propio, con historia conocida y con cuerpo real. Los chicos lo entendían instintivamente: ese era un hombre de verdad que peleaba de verdad contra los malos de verdad.
La canción oficial del personaje lo describía con precisión: "Es el Hércules argentino, también lo llaman el Ancho, es varón muy noble y sencillo y a nadie le cede un tranco." Noble y sencillo. Esas dos palabras explicaban todo. En un espectáculo lleno de personajes extravagantes, el Ancho era la normalidad elevada a la condición de héroe. Y eso era, para los niños, exactamente lo que necesitaban ver.
Al terminar los shows, las familias esperaban a los luchadores en la salida. Peucelle admitió en varias entrevistas que muchas veces le partía el corazón tener que irse sin firmar todos los autógrafos. "Tenías que ver las caras que ponían", decía. Esa imagen —la de los niños con los ojos brillantes esperando al Ancho después del show— resume mejor que cualquier estadística de rating lo que ese hombre representó para varias generaciones de argentinos.
El villano que también supo ser
Aunque la memoria popular lo conserva como héroe, Peucelle también interpretó personajes de villano, con máscara: El Hombre de la Laguna y La Momia Negra. Él mismo contaba que, curiosamente, esos papeles le resultaban liberadores. "Era la desinhibición total: robaba carteras a las mujeres, me metía con el público, les sacaba los zapatos", describía con una sonrisa. Pero por más que el villano le divirtiera, la gente siempre prefería al Ancho. Al que no se ponía la máscara. Al que era él mismo.
El final: un paro cardíaco en la casilla de Olivos
Rubén Peucelle pasó sus últimos años en una casilla del balneario El Ancla, en Olivos, junto al río. Siguió entrenando hasta sus últimos días. El 8 de septiembre de 2014 —apenas seis días después de cumplir 81 años— un paro cardiorrespiratorio lo sorprendió mientras dormía. Había vuelto de pasear a sus perros por las calles de Olivos, cerca del agua, donde siempre vivió. Murió con la misma sencillez con la que vivió y peleó: sin dramatismo, sin fanfarria, cerca de sus perros y del río.
La muerte puso de espaldas a un corazón enorme, en palabras de quienes lo conocieron. Lo que no pudo hacer fue borrar lo que ese corazón dejó en la memoria de miles de personas que de niños lo esperaban en la puerta del ring, con la cara levantada y los ojos llenos de esperanza.